La empresa privada será medida por su papel en la preservación del medioambiente. La opinión pública espera de ella que aporte recursos económicos, alta gerencia y sus competencias técnicas.
Por Bernardo Kliksberg
¿Qué puede pasar si el calentamiento global sigue envenenando la atmósfera? Da idea una denuncia del New York Times sobre la situación de la Oroya, un pueblo andino del Perú. Se ha convertido en uno de los 10 lugares más tóxicos del planeta. El responsable, una fundidora estadounidense de plomo que no cumplió con sus compromisos ambientales.
El 95% de los chicos de la Oroya de menos de 6 años tiene niveles de plomo en la sangre considerados tóxicos. Pregunta Rosa Amaro, líder de un grupo ambientalista del lugar: “No puedo entender por qué estamos expuestos a los riesgos de una inversión estadounidense, pero no tenemos las protecciones ambientales q e tienen los ciudadanos de EE.UU.”. La fundidora, ironiza a nota, es una de las propiedades de un multimillonario que posee una de las mayores mansiones de EE.UU. con más de 66 000 pies cuadrados.
Los últimos datos sobre el cambio climático muestran que las emisiones de gases cont aminant e s aumentan mucho más rápidamente de lo previsto. El dióxido de carbono retenido en la atmósfera es de 385 partes por millón frente a la ya muy alta cifra de 339 en 1980. El aumento de las temperaturas trae la fusión de los glaciares, y se están produciendo ascensos de 3 milímetros al año en el nivel del mar, el doble que en el siglo XX.
Las altas temperaturas y el aumento de las lluvias facilitan la reproducción de mosquitos transmisores de enfermedades infecciosas.
El cambio climático lleva a más dengue, malaria, cólera, fiebre amarilla y hantavirus. Está provocando ya la muerte de 300 000 personas por año y crece el número de refugiados climáticos.
Eran 25 millones en el 2005 y pueden llegar a 50 millones en el 2010. Se requieren políticas públicas proambientales activas y altas dosis de responsabilidad social empresarial, muy diferentes a las de la mencionada empresa minera del Perú. Costa Rica es un buen ejemplo, muy respetado internacionalmente en estos planos.
También se necesita aumentar sustancialmente la ayuda internacional. En tanto que los 12 países desarrollados con menos riesgo invirtieron $72 000 millones para prevenir los impactos del cambio climático, solo aportaron $400 millones para este fin a los países en desarrollo. Los países ricos en su conjunto, donde durante muchos años predominaron los lobbies económicos que promovían la negación del cambio climático, producen el 65% de las emisiones que lo provocan y el 95% de los residuos tóxicos.
Son muy importantes políticas alternativas como las planteadas en la reciente Cumbre de Copenhague, enfocadas a reducir drásticamente el consumo de combustibles y potenciar las fuentes renovables y verdes, como la solar, hidroeléctrica, eólica y maremotriz. La empresa privada será medida crecientemente por su papel en relación al gran tema de la preservación del medioambiente.
La opinión pública espera de ella como mínimo que sea un ciudadano verde ejemplar, haciendo reingeniería de sus procesos para minimizar los impactos contaminantes. Pero también aspira a que esté en primera línea de la acción pro verde colectiva. Entre otros aspectos, que respalde activamente las campañas ecológicas y aporte además de recursos económicos, alta gerencia y sus competencias técnicas.
El nuevo mundo de las tecnologías alternativas abre para las empresas de punta posibilidades muy importantes. Hay la expectativa de que tenga un comportamiento innovador activo en la exploración y desarrollo de dichas tecnologías. Todo ello redundará en beneficio de la sociedad pero también de las empresas. Como describe Diamond (The New York Times 6/12/09): “Una imagen ‘limpia’ reducirá el criticismo de empleados, consumidores y gobiernos, mejorará la moral de trabajo en la empresa, el reclutamiento y la permanencia de las personas en ella”.
América Latina está siendo afectada en todos los campos desde el recrudecimiento de huracanes e inundaciones, hasta el aumento del riesgo de enfermedades infecciosas y la pérdida de tierras cultivables. Como sucedió recientemente en Guatemala, donde la falta de lluvias y el empobrecimiento de los suelos dañaron seriamente las cosecha de maíz e incidieron en una emergencia alimentaria.
Los más afectados son los más pobres, entre ellos en primera fila los pueblos indígenas, que están luchando denodadamente por preservar su medioambiente. Su suerte, y la de todo el género humano, están en juego en este tema decisivo.
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