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¿Qué sigue para las princesas? PDF Imprimir E-mail
Lunes, 09 de Enero de 2012 13:53

Las princesas ya no son heroínas de sus propias vidas. ¿Realmente las necesitamos cuando las noticias son tristes, y cuando nadie cree en finales de cuentos de hadas?

Naomi Wolf

Escritora, crítica social y activista política.


La imagen parecía tan familiar _ una joven mujer británica bien vestida, inclinándose con una radiante sonrisa, al lado de una chica tímida que se sonrojaba intensa y encantadoramente. Pero en esta ocasión era Kate Middleton, la nueva princesa de Gran Bretaña, quien ha asumido el manto dejado por la madre del príncipe Guillermo, Lady Diana Spencer. Al igual que las nupcias de su tan llorada suegra, la boda de Kate Middleton fue objeto de fetichismo, examinada y observada por millones de personas en todo el mundo;su ascenso a estatus de princesa fue salpicado por una brillante nebulosa de cobertura de prensa. ¿Pero no hay algo extrañamente retro con la obsesión con Kate Middleton como nuestra nueva figura de princesa? ¿Realmente necesitamos una categoría de trabajo de “princesa” cuando las noticias que escuchamos son tristes, cuando nadie cree en finales de cuentos de hadas y cuando las mujeres ya no esperan para ver si les queda la zapatilla de cristal? Yo argumentaría que, en cierto nivel, la fascinación con las princesas nunca va a desaparecer; pero que el icono de princesa está cambiando. 

Cualquier mujer que sea madre de una niña sabe que a los 3 ó 4 años, es probable que su hija se identificará intensamente con las princesas. Quieren la tiara, el cetro centellante, los zapatos relucientes y la falda de gasa recargada de volantes; se identifican con las princesas de Disney que vuelven a llenar el panteón con cada generación: Cenicienta, cuyo diminuto pie la destina al trono; Anastasia, la princesa secreta cuyo origen real era desconocido incluso por ella misma; Belle, descubierta por un príncipe atrapado en el cuerpo de una Bestia y elevada al rango de princesa. Hollywood actualiza el cuento regularmente: la primera película que se hizo basada en la popular serie “The Princess Diaries” lleva a la ingenua Anne Hathaway de ser una andrajosa estudiante de preparatoria de cejas feas a tomar clases de princesa para prepararse para gobernar la mítica nación de Genovia.

La segunda ola de feminismo deconstruyó la narrativa de la Bella Durmiente y otros mitos de princesas como forma de hipnotismo, diseñado para seducir a las mujeres al matrimonio y a la pasividad y estructurado para enseñarles que su vida real sólo empieza con el beso de un príncipe. 

Incluso ahora me topo con madres progresistas feministas que se sienten horrorizadas con el prolongado atractivo de esta historia entre sus hijas de jardín de infantes, criadas igualitariamente: me preguntan por qué sus hijas están obsesionadas con ser princesas. Les contesto que no deben preocuparse: la segunda ola de feministas se ha equivocado. Si lo analizamos detenidamente, el arquetipo de princesa no tiene que ver con pasividad y ornamentación: está relacionada con el poder y reconocimiento del verdadero yo.

El mundo a sus pies

Las niñas están obsesionadas con las princesas por el mismo motivo que los niños están obsesionados con los héroes de acción, a quienes identifican por sus “poderes”. ¿Qué otro modelo femenino puede decir algo y tener el mundo a sus pies? ¿Qué otra figura femenina puede dirigir un ejército, abrir las arcas del tesoro o incluso simplemente conferir con su presencia un sentido de magia, emoción y sanación, como puede verse en las imágenes de Kate Middleton o Diana Spencer? Las princesas son más benevolentes que las estrellas pop y se drogan menos; son más poderosas que Hillary Clinton o Condoleezza Rice, y usan mejores vestidos. Son menos dispensables que las modelos de moda y al menos parecen estar menos estresadas que las mamás de las niñas que trabajan, aun si están en la cima de la jerarquía profesional. ¿Qué niña no se sentiría atraída a este arquetipo dada la escasez de modelos femeninos de los que se puede decir lo mismo en nuestra cultura popular?

A ese guión entraron recientemente dos princesas importantes, cada una pionera en el cargo con su propio estilo. La princesa Diana ha sido analizada durante décadas pero pocos le dan crédito por haber sido genuinamente subversiva respecto al sistema de clases de Gran Bretaña. Puesto que era tan convencionalmente hermosa pero no tan convencionalmente bien educada, el despliegue de su mensaje se lee como accidental o instintivo, pero  creo que pensaba cuidadosa y analíticamente. En momentos en que Gran Bretaña tenía una estratificación de clases aún más rígida que la actual, abrazaba familias que vivían en urbanizaciones y chicos sin empleo; cuando se acordonaba la “alta cultura” para la monarquía y las élites, apoyó conciertos de Elton John y Wham! En épocas en que se rechazaba a los pacientes de SIDA, se sacó una foto abrazándolos. Cuando los ciudadanos británicos musulmanes no eran vistos como “verdaderamente británicos”, ella, ya soltera, salió provocadoramente con el más guapo y rico de ellos.

Creo que Diana sabía que Gran Bretaña y sus élites debían cambiar si el país quería entrar a una auténtica relación con el mundo y la historia y, en un sentido “Wildeano”, ella misma se tomó la tarea de impulsar y personificar ese cambio. Libró cierto tipo de guerra consciente y semiótica contra el estático status quo. Debe dársele crédito por haber comprendido el poder que tenía _ como sus igualmente conscientes predecesoras reales Isabel I y Victoria. Isabel I primera usó sus vestidos y joyas, su rostro empolvado y frente afeitada, su séquito y lo que podríamos llamar su poder de estrellato para enviar importantes mensajes políticos sobre el papel colonial de Gran Bretaña, sobre su propio estatus indiscutible y alegorizado como reina “virgen” y sobre la legitimidad de su reinado. Victoria usó su “marca” como la figura materna, esposa devota, árbitro de respetabilidad y protectora del bien público más arquetípica de la nación para enviar mensajes sobre la estabilidad social de Gran Bretaña durante un periodo de grandes crisis y reformas; para legitimar y calmar los impactos de los trastornos industriales y para distinguir su monarquía, con sus burgueses valores nacionales, de la libertina y adúltera realeza que la antecedió. Diana siguió con la tradición de la realeza británica femeninade usar sigilosamente las trampas de su belleza, ropa y demás imágenes nacionales para obtener sustanciales fines políticos.

Ahora llega Kate Middleton: ¿por qué tanto frenesí? De cierto modo, como todo mundo reconoce subliminalmente, la Srita. Middleton (Sra. Windsor) toma la misión más bien radical de su suegra, la legítima y la transporta a una generación futura _ en una Gran Bretaña que ha cambiado enormemente como Diana deseaba y quería. Kate es princesa de un paisaje del Reino Unido más incluyente, multiétnico y socialmente aplanado. El propio historial de clase media y aspiracional de la familia Middleton _ su bisabuelo trabajaba en una mina de carbón _ revela una Gran Bretaña con mayor movilidad social que la que conocía Diana. El alcance de Kate entre gente de todos orígenes, en su papel real, superficialmente parece como el de Diana _ pero carece de ese soplo de condescendencia que ni siquiera Diana pudo sacudirse en su papel más igualitario. Mucho se ha dicho sobre cómo Kate Windsor y su hermana Pippa Middleton combinan moda de High Street (o de la calle) con prendas finas, y este énfasis es más que una valoración de su estilo; reitera que en el Palacio de Buckingham se está registrando culturalmente, y tal vez incluso genéticamente, una mezcla de clase media - clase alta.

¿Hará cosas más elegantes y notables que deslicen al contexto real una frescura tranquilizante, apertura social y “sensación clase mediera”? Es escasamente importante. De cierta forma lo más efectivo es que simplemente proceda con lo que ha hecho exitosamente hasta el momento: lograr que entre al castillo el historial de trabajo arduo, superación personal y sencillez del ciudadano británico “común”, sin resaltar mucho lo subversivo del acto.

¿Debemos preocuparnos, como madres feministas, cuando nuestras hijas enérgicas y voluntariosas se muestran obsesionadas con las princesas? Difícilmente: la descripción del trabajo ha cambiado. En estos días las princesas ya no son damas que salen a almorzar. Efectivamente, las princesas actuales se equivocan _ como Fergie numerosas veces _ cuando parecen europeas ricas que viven a lo grande y que esperan apoyo debido a sus conexiones, en lugar de actuar como el resto de las mujeres. Ser princesa es un trabajo bastante duro en estos días. Las princesas actuales visiblemente hacen malabares, como las demás esposas que trabajan y las madres solteras o casadas. Tal vez la desaprobación reflexiva de las princesas sea un poco passé.

Al mismo tiempo, tal vez la atención mundial se enfocó tanto en la princesa británica porque a otras princesas no les ha ido tan bien recientemente: a la princesa Masako de la Corona de Japón, una políglota graduada de Harvard y Oxford que trabajó como intermediara comercial internacional, se le ha dificultado el trabajo de princesa: le llevó ocho años tener un heredero _ de hecho, una heredera_, raras veces participa de la vida pública yse dice que sufre de estrés.

La hija mayor del rey de Tailandia renunció a su título real para casarse con un plebeyo estadounidense, pero actualmente se ha divorciado y regresó a su país _ no fue la clásica historia de cuento de hadas. La actual esposa de su hermano (la tercera), heredero del trono tailandés, es una princesa desagradable: un video casero que circula en Internet la muestra celebrando el cumpleaños del perro del príncipe _ con los pechos descubiertos. No fue un momento de Cenicienta. La narrativa de la princesa más famosa de Arabia Saudita es una historia de terror: Misha’al bint Fahd al Saudfue ejecutada en 1977 por órdenes de su padre, a los 19 años, por supuesto adulterio. Dados todos estos reveses en la vida real de las princesas, no sorprende que la historia que se adecue al arquetipo atraiga los reflectores.

Esto es cierto porque más importante que el papel “real” de una princesa es el arquetipo, incluso el papel “Jungiano” que sirve “la princesa”. Después de todo, ¿qué hacen las princesas de Disney? Están ocupadas siendo las heroínas de sus propias vidas. En un espantoso enfrentamiento, Anastasia mata al malévolo Rasputín _ y salva a Rusia. Mulán se ve involucrada en la derrota de los Hunos _ y también salva a su familia y a su país. Belle libera a su esclavizado amado de la maldición de su hechizo. En “The Princess Diaries”, la fuerza interna y gracia del personaje de Anne Hathaway es formado por su abuela, que pertenece a la realeza, no sólo su postura y belleza. Incluso esa Cenicienta ligeramente molesta de la película animada de 1950 no parece tan mala si vemos que la zapatilla de cristal le queda porque es buena con los animales _ y que no le puede quedar a sus hermanastras porque son “feas” y poco amables. Resulta interesante que aun cuando las fábulas están llenas de verdaderas narrativas de poder, imposición y heroísmo femenino, siguen interpretándose como algo que trata de belleza y pasividad. No se preocupe si su hija de 5 años insiste en un vestido rosa de princesa con volantes. No significa que quiera hundirse en la espuma; sólo significa, lo cual es razonable desde su punto de vista, que quiere apoderarse del mundo.

 

Distribuido por The New York Times Syndicate

 
   

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