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El blues de Obama PDF Imprimir E-mail
Lunes, 09 de Enero de 2012 13:50

El tercer año por lo general es terrible para los presidentes estadounidenses. Su popularidad cae cuando el sueño imposible cede su lugar a la realidad de la parálisis parlamentaria, el cinismo y el insaciable ciclo mediático.

 

Por Ted Widmer

Historiador, escritor premiado y director de la

Biblioteca John Carter Brown en la Universidad

Brown. Fue escritor de discursos y alto

asesor del presidente Bill Clinton.

 

En el oscuro invierno de 1946-1947, cuando empezaba a tomar forma la Guerra Fría, Harry S. Truman salió a caminar por los oscuros salones de la Casa Blanca y a comulgar con el espíritu de sus predecesores. Él los conocía mejor que nadie; pocos presidentes han leído historia con tanta profundidad como él. Empero, esa noche su ánimo era sombrío, consciente de su bajo índice de aprobación y de la imposibilidad de un cargo que había crecido tanto que nadie podía dominarlo. Se sentía atraído en particular hacia los fracasos que habían caminado por esos mismos corredores.

“Los pisos suenan y crujen toda la noche”, escribió en su diario. “Cualquiera con un poco de imaginación puede ver al viejo Jim Buchanan paseando arriba y abajo, preocupado por condiciones que no eran obra suya. Después está Van Buren, que heredó una terrible catástrofe de su predecesor, como le ocurrió también al pobre viejo James Madison. Claro, Andrew Johnson fue el peor tratado de todos ellos. Pero todos ellos van y vienen por los salones de este lugar y se quejan por lo que debieron haber hecho y no hicieron. Así que ya ve, solo he nombrado unos cuantos, los que tuvieron a un Boswell y a los historiadores de Nueva Inglaterra están demasiado ocupados tratando de controlar el cielo y el infierno para regresar aquí. Así que las almas torturadas que fueron y son tergiversadas en la historia son las que regresan. Es un lugar del demonio”, anotó.

Podemos advertir a dónde lo estaba llevando su mente. ¡Qué cosa más terrible llegar a la presidencia cuando el tipo que nos precedió arruinó todas las cosas! Truman se sentía demasiado impresionado ante el fantasma de Franklin D. Roosevelt para articular esa idea en voz alta, pero allí estaba, dando de picotazos.

Desde que dejó el cargo en 1953, Truman se ha convertido en el santo patrón de los presidentes impopulares. En su último año como presidente, su índice de aprobación cayó a 22%, la calificación más baja que se haya registrado en la historia. Los ciudadanos estaban enojados por una guerra (la de Corea) que estaba tardando demasiado en ser ganada, una economía estancada y la sensación de que el país no estaba avanzando. Pero ahora, Truman es considerado uno de los presidentes más populares del siglo XX y por lo general se le coloca entre los 10 primeros lugares de las listas de grandes y casi grandes presidentes que a él tanto le gustaba elaborar.

Nadie culparía a Barack Obama si él también caminara por los pasillos de la Casa Blanca a altas horas de la noche, maldiciendo el desastre que le legaron. El regreso de Truman a la popularidad podría reconfortarlo. El tercer año tradicionalmente es una época difícil para el presidente, y Obama no ha sido la excepción. Los sondeos recientes muestran que sus índices se han desplomado. Con un Congreso hostil que le bloquea hasta la menor medida, y con poco alivio a la vista en materia de desempleo, reducción del déficit o un “gran arreglo” de cualquier tipo, Obama ha adoptado la posición trumanesc de atacar al Congreso a cada paso.

Durante el próximo año escucharemos dos narrativas muy diferentes de la historia de Estados Unidos. Cada lado va a atacar al otro por ser la razón de que la economía esté desfalleciente y es razonablemente seguro pensar que Obama va a viajar mucho al extranjero a fin de impulsar sus credenciales en política exterior al entrar en un año electoral. Por lo demás, es tan agradable salir de Washington cuando todo el mundo nos está criticando.

¿Por qué el tercer año ha sido sombrío a lo largo de la historia? Los presidentes sistemáticamente experimentan un declive de su popularidad conforme el sueño imposible de cambio transformacional cede su lugar a la realidad de la parálisis parlamentaria, el cinismo y el insaciable ciclo mediático que, por naturaleza, prefiere el extremismo a la moderación. Paradójicamente, mientras más esperanzas inspiró el candidato, más cruel es la caída del presidente. Jimmy Carter prometió prácticamente tantos cambios como cualquier otro cuando fue elegido en 1976, con la promesa evangélica de que reinventaría la política estadounidense a raíz de Watergate y Vietnam. En 1979, él padeció la revolución islámica y la crisis de los rehenes en Irán, la invasión soviética de Afganistán y el famoso ataque del “conejo asesino” cuando estaba remando en canoa.

No más luna de miel

¿Obama estará entrando en una zona de peligro similar? ¿Ya se acabó lo del “Elegido”? Todos los presidentes se enfrentan a fuertes desafíos en su tercer año; algunos capotean las tormentas mejor que otros. Bill Clinton padeció por el ataque en Oklahoma City en 1995

y por el cierre del Gobierno en 1995-1996, pero su negativa a ceder ante Newt Gingrich fue el momento decisivo de su presidencia. Quienes censuran la ruptura actual entre republicanos y demócratas suponen que la política nunca había sido peor. Pero el enfrenta miento Clinton-Gingrich fue una nefasta competencia entre partidos que aguzaban su antipatía mutua. Clinton prevaleció no solo por su habilidad política innata (y porque Gingrich era un opositor convenientemente desagradable), sino también por la marea económica en ascenso que creó millones de empleos. 

Clinton quizá se haya beneficiado también por una fuerza que no solemos recordar muy rápidamente: su inmenso disfrute de la escena mundial. A pesar de los vacilantes primeros pasos en Somalia y en

Haití, para mediados de los años 90 ya se había asentado y su tercer año, 1995, fue un parteaguas en muchos sentidos. Él obligó a un grupo de aliados y de beligerantes, nada complacientes, a negociar la paz en Bosnia, empezó su compromiso serio en Irlanda del Norte e instrumentó el complejo y costoso rescate del peso mexicano. También viajó mucho más al extranjero, exportando su exitosa estrategia de política al menudeo a la arena de la política exterior. En un país tras otro, él se daba baños de pueblo, pronunciaba discursos al aire libre y parecía apreciar sinceramente la oportunidad de codearse con los demás.

Pero la estrategia de viajes por el mundo no siempre le da resultado a un jefe del ejecutivo asediado. De hecho, hizo sorprendentemente poco en favor de George H.W. Bush. A raíz de la primera guerra del Golfo, de 1990-1991, su índice de aprobación se acercaba a un sorprendente 90%. En su breve paso por el cargo, vivió la caída del Muro de Berlín, la reunificación de Alemania, la desintegración de la Unión Soviética, la liberación de Europa oriental, la eliminación de un desagradable dictador en Panamá, la conferencia de Madrid, que lanzaría el proceso de paz en el Medio Oriente, y la liberación de Nelson Mandela de la prisión de la isla Robben en Sudáfrica. 

Pocos presidentes experimentan esa cantidad de cambios en dos mandatos, ya no digamos en uno solo. Aunque él actuó más en unos que en otros de estos frentes, Bush condujo a Estados Unidos a través del misterioso laberinto del Nuevo Orden Mundial, como él lo llamaba.

Pero si Truman es el héroe de los presidentes impopulares, Bush el Viejo constituye una advertencia para aquellos que tienen la desgracia de ser populares en mal momento. En 1991, la recesión que siguió a la Guerra del Golfo y la ineficaz respuesta de Bush acabaron con buena parte de esa popularidad. De hecho, su dominio de la política exterior quizá haya acentuado el problema: simplemente, él viajaba demasiado al extranjero. El año de1992 se inició con sombríos auspicios cuando Bush, casi al término de un viaje de 12 días por Asia, vomitó en un banquete ceremonial en Japón. 

Es absurdo permitir que un trastorno gastrointestinal hable tan fuerte como este, pero algo en esa agitación les habló a los estadounidenses... si es que podemos decir que habló. Bush pasó el resto del año luchando por su sobrevivencia en todas las direcciones: contra una extrema derecha encarnada por Pat Buchanan, a quien le desagradaba su obsesión por la política exterior, un tercer candidato populista en Ross Perot y un carismático rival demócrata en Bill Clinton. Asediado por la izquierda y por la derecha, él no tenía  a dónde moverse. Paradójicamente, la sensación de liberación que experimentó el mundo a principios de los 90 contribuyó a su propia caída, pese a todo lo que él colaboró en el parto de ese nuevo mundo.

Otro presidente con un impresionante historial en política exterior fue Richard Nixon. Quizá no haya habido golpe más grande en los últimos 50 años que el establecimiento de relaciones entre Estados Unidos y China en 1972. Reelegido con holgura, inició su segundo mandato con la mira puesta en más logros de política exterior. En junio y julio de 1974 fue a la Unión Soviética. En un país en el que la severidad era obligatoria para los dirigentes, los rusos lo encontraron encantador y su cálida recepción ha de haber constituido un fugaz escape de las revelaciones diarias del escándalo de Watergate. Fue el último viaje de su presidencia. Presentó su renuncia poco menos de un mes después. 

Herederos legítimos 

Ahora que entramos en una nueva temporada electoral, seguramente los fieles del Partido Republicano van a convocar a Ronald Reagan. Los candidatos republicanos van a vociferar para presentarse como los herederos legítimos de su legado, aunque no haya un consenso claro de qué constituye su legado. ¿El defensor del elevado gasto militar o de los espectaculares recortes en el arsenal nuclear? ¿El carismático líder de Occidente o el confundido entrometido del caso Irán-Contras? Y, por supuesto, los votantes van a escuchar hablar del hombre a quien sucedió Obama, George W. Bush. Incluso es probable que escuchen de él más por los demócratas que por los republicanos, como el presidente que dejó las arcas vacías y dos guerras costosas para que Obama se las arreglara. Su tercer año fue en el 2003 y en ese tiempo se sintió más triunfante de lo que ahora parece. En efecto, pocos quisieran revivir la invasión de Irak, su “misión cumplida” y las consecuencias.

Pero hay un ciclo eterno de reputación y renovación y es probable que Bush de alguna manera se alce en las calificaciones en los próximos años, conforme vaya cediendo el recuerdo de sus errores y empecemos a echar de menos algunas de las certidumbres morales de su era. 

Una ola de nostalgia por Clinton ha absorbido a Estados Unidos en los últimos meses, atizada por la añoranza de la creación de empleos, claro está, pero también por un ciclo natural que parece requerir que la nostalgia se asiente unos 10 años después de que los programas más gustados de la televisión, las canciones y los presidentes hayan cumplido su cita con el destino. Esto pondría el regreso de la popularidad de Bush en el 2018. Con gestos pequeños —el repudio del extremismo de Dick Cheney y su apoyo a las víctimas de desastres naturales— y con su rechazo general a unirse al coro de críticos que se quejan de Obama, Bush se está colocando bien para repuntar con el tiempo.

Obama, por supuesto, es su propio hombre, y tiene su propia relación con la historia. Y la historia tiene la enloquecedora manía de no repetirse, para eterna frustración de los historiadores de todas partes. Ninguno de los paralelismos encaja a la perfección, pero el estudio de la forma en que sus predecesores batallaron con los problemas de su tercer año ofrece algunas ideas respecto de medidas correctivas en el país y en el extranjero: algunos viajes al extranjero, pero no demasiados; una capacidad persistente de proyectar confianza aunque los hechos hagan poco por apoyarla; algunas iniciativas audaces de paz; un espíritu incansable de innovación, la negativa a ser intimidado y un amor por las muchedumbres, en el país y en el extranjero, digno de un político en campaña; la capacidad de confundir a los franceses (¿Reagan era liberal?) y, sobre todo, una cautela extrema con la comida japonesa cruda.

 

Distribuido por The New York Times Syndicate

 
 
   

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