Se agoniza en Eurolandia, hay angustia en Estados Unidos, incertidumbre
en Asia y rabia en la calle árabe. Se ha agotado la confianza en la parte del
planeta que estaba acostumbrada a manejar al mundo.
Por Roger Cohen
Columnista de International Herald Tribune y
The New York Times
Recientemente pasé unas semanas en uno de los casos perdidos
de Eurolandia: un país meridional bañado por el sol, cuyas deudas exceden su
producción y cuyos bonos nadie quiere. La nación estaba manejada por un
extravagante galán que se las arreglaba para gobernar entre un devaneo y otro. Descubrí
que es un país que tiene la crisis incorporada en cada faceta de la vida diaria:
la elegante muchedumbre que se pasea al atardecer en las calles abarrotadas de
autos nuevos, las ropas con etiqueta de diseñador, las tiendas seductoras. La
gente parecía afligida al tener que cambiar sus planes vacacionales de Estambul
a los Alpes.
El dirigente multimillonario, de rostro estirado mediante cirugía
plástica, parecía estar reprimiendo una gran carcajada ante la agonía de
Eurolandia. Se esforzaba por parecer serio. Las familias reían, los amantes
paseaban lentamente, los almuerzos de una deliciosa abundancia se prolongaban
hasta la perezosa tarde. La desolación era abrumadora. Me retiré deprimido, convencido
de que Italia estaba al borde de un espantoso destino. Parecía muy probable que
Italia siguiera siendo Italia.
Lo que tiene un mundo interconectado de 7000 millones de
personas, de las cuales una pequeña fracción es italiana, es que la elaboración
de políticas cada vez parece más un ejercicio de flagelación con el que se trata
de ponerse al corriente con las fuerzas desatadas por su creatividad y, al
mismo tiempo, controlarlas.
He escuchado cálculos de que hasta la tercera parte de la actividad
económica mundial actual no se registra en las estadísticas oficiales.
Ciertamente, los tenderos italianos siguen desdeñando sus cajas registradoras,
instaladas a instancias del fisco, y prefieren garabatear sus recibos en trozos
de papel... o no expedirlos del todo. Aun tomando en cuenta la riqueza
acumulada de Europa y su efecto amortiguador en los tiempos de vacas flacas, la
brecha entre lo que se habla de la crisisemocional. y las pocas evidencias
físicas de ella es enorme.
Estos no son los años 30. Italia es un país rico y
sobrevivió a la incompetencia de Silvio Berlusconi, tanto como a Bélgica le va muy
bien con su prolongada imposibilidad de formar ningún tipo de gobierno. Ahora que
el mundo cruzó el hito de los 7000 millones de habitantes, en el planeta hay más
gente obesa que hambrienta, y muchos de esos obesos son pobres.
Las generaciones pasadas ni soñaban con tales problemas. En
los últimos 10 años se sacó de la pobreza a un enorme número de personas. El crecimiento
demográfico se está frenando. Las peores predicciones de hambruna, pestilencia
y atmósfera envenenada han resultado exageradas. China, India y Brasil no son
los únicos países que sienten que la marea de la historia está cambiando a su
favor.
¿Qué tan mal están las cosas, realmente? Eso depende de
dónde estemos sentados. El mundo se siente particularmente imprevisible porque lo
que se presenta como una crisis financiera en Fráncfort y Nueva York es, en un
nivel más profundo, una crisis de transición. Se ha agotado la confianza en la
parte del planeta que estaba acostumbrada a manejar al mundo, mientras que las
potencias incipientes, antioccidentales en diversos grados pero aún sin saber
qué principios adoptar, todavía no están preparadas para hacerse cargo. En el
siglo pasado, la transferencia del poder del Reino Unido a Estados Unidos tuvo
la suave cualidad de una transacción entre primos. Estados Unidos y China están
unidos por la cadera y han aprendido a hacer negocios, pero siguen siendo
rivales culturales.
“Estamos
acostumbrados a que lleve las riendas un pequeño grupo de democracias, de
mentalidad similar, pero estas democracias cada vez tienen menos influencia en
lapolítica mundial”, advirtió Charles Kupchan, profesor de relaciones internacionales
en la Universidad Georgetown, Washington. “Nos estamos dirigiendo hacia un
mundo de nadie, un mundo de modernidades múltiples, interdependiente y globalizado,
sin un modelo o centro político dominantes”, añadió.
No es de extrañar que una hosca rabia habite en gran parte
de Occidente (exceptuando al prudente Canadá). A los habitantes de Eurolandia
(los 17 países que tienen al euro como divisa común) les está saliendo el tiro
por la culata. El presidente francés, Nicolas Sarkozy, ahora dice que fue un
“error” haber admitido a Grecia en la zona del euro. Los franceses debían
saberlo. La moneda común fue su idea en gran medida. Era una forma de atar a Alemania
a Europa. Y, ¿qué mejor para Europa que coronar esta declaración política con
el ingreso de la cuna de su civilización, Grecia, en la hermandad de la moneda
común?
En ese tiempo, la Acrópolis se veía mucho más grande que el
hinchado sector público o la imprecisa ética laboral de Grecia. Se desdeñó el
riesgo. ¡Claro que Grecia podía engancharse al mismo vagón económico que
Alemania! ¡Por supuesto que no hay riesgo alguno en enterrar créditos tóxicos debajo
de títulos hipotecarios! La capacidad humana para pasar por alto los hechos y
creer que los cerdos tienen alas es insondable.
¿Qué es ese sonido de silbido? Es la marejada de empleos que
desaparecen para nunca jamás regresar. ¿Qué es lo que no duerme de noche? Las montañas
de deuda acumulada en los últimos 10 años. ¿Qué es ese estruendo en las calles?
Las legiones del movimiento Ocupemos, enardecidas por la impunidad de los
poderosos. ¿Qué es ese ruido de grietas? Es la agonía de la zona del euro,
atrapada a medio camino entre la federación y las naciones.
La gran irritación actual es por la integración: cómo hacer
avanzar la cooperación cuando aquellos que están a la mesa tienen opiniones disparatadas
sobre la gobernación. Eso es patente en el ámbito del euro y es verdad, aunque
menos obvio, en el seno del grupo de los Veinte.
Sí, se necesita más integración, pero cuando la gente se
enoja se vuelve tribal. El imperativo objetivo se topa con la resistencia
emocional, ya sea en la forma del Tea Party o en el derechista neerlandés Geert
Wilders.
Nadie sabe todavía cómo manejar un mundo globalizado ni cómo
hacerlo más estable. Esa es la cuestión de nuestros tiempos, cuestión a la que
China, India, Brasil y otras potencias emergentes tendrán que hacer aportes
mucho más sustantivos de lo que hasta ahora han hecho. Estados Unidos, dividido
desde adentro, no podrá imponer su voluntad por mucho tiempo más, pero la Pax
Americana sigue aportando los arquitrabes del mundo. China está dispuesta a aceptar
eso por ahora, a nombre de la estabilidad necesaria para su pleno desarrollo
para el año 2050. Hay sed de un nuevo orden pero no hay disposición para
adoptar ninguno, lo cual se traduce en inquietud.
Los manifestantes en Nueva York y Madrid saben a lo que se
oponen pero no tienen claro en favor de qué están. Derrocar al capitalismo suena
muy siglo XX, o incluso XIX. Reformar al capitalismo, compensar sus aspectos
más ásperos, tambiénes una idea vieja. Se ha tratado enla forma del estado
asistencial y esos sistemas están bajo fuertes presiones ahora que la gente
vive más años. No, el verdadero interés del movimiento. Ocupemos, aunque esté
mal articulado, es reformar la globalización, en particular la forma en que la
globalización favorece a los ricos. Desde hace años se han manejado algunas ideas
—como el impuesto Tobin sobre las transacciones financieras internacionales— pero
aplicarlas es prácticamente imposible. A veces parece que lo que queda es la
euforia de estar juntos. Con la sociedad moderna e Internet viene la dispersión
de la gente en universos solipsistas dominados por pantallas. El movimiento
Ocupemos es también una reacción a eso: el despertar a la posibilidad de que la
coalescencia provoca el cambio.
Del mundo árabe llegó una inspiraciónpara el movimiento,
pero con una importante diferencia. Los ocupantes de la plaza Tahrir, de las calles
de Bengasi y de las avenidas de Túnez sabían lo que querían: una sociedad más
representativa. Ya se ha demostrado que el camino hacia ese Hay sed de un nuevo
orden perobjetivo es disparejo. Se ha entablado un gran debate sobre la
reconciliación de la fe islámica y la modernidad. Pero la dirección ya está
dada. La confianza que se drenó de Occidente no solamente se fue en dirección
de los países del BRIC. Los árabes se quedaron con una parte.
La humillación es una
fuerza poderosa que por mucho tiempo socavó al mundo árabe. Los refugiados palestinos
se amontonan en campamentos eternos; las guerras repetidas solo sirvieron para agudizar
la dominación del Estado judío. Una frase despectiva —”la calle árabe”— llegó a
referirse a un populacho indignado, hasta que se pusieron los fundamentos de un
nuevo orgullo, en esas mismas calles, en el 2011. No se trata de un orgullo
basado en la resistencia a Israel —un Nasser, un Hassan Nasrallah— sino uno forjado
en una empresa compartida y transformativa. En cierto sentido, a través de su
primavera, los árabes dijeron basta a su coartada israelí.
Después del establecimiento de Israel, David Ben Gurion era
pesimista sobre las posibilidades de paz. “¿Por qué los árabes habrían de hacer
la paz?”, se preguntaba. “Si yo fuera un dirigente árabe, jamás llegaría a un
acuerdo con Israel. Eso es natural; les hemos quitado su país. Claro, Dios nos
lo prometió a nosotros pero, ¿eso qué les importa a ellos? Nuestro Dios no es
el suyo. Nosotros venimos de Israel, es cierto, pero eso fue hace 2000 años. ¿Qué
significa eso para ellos? Ha habido antisemitismo, los nazis, Hitler, Auschwitz,
pero ¿fue eso su culpa? Ellos ven una sola cosa: nosotros llegamos aquí y les
robamos el país”, complementaba.
Esa pesimista evaluación ha sido precisa desde hace más de
60 años. La voluntad de la Naciones Unidas, expresada en la resolución 181 del 29
de noviembre de 1947 —que preveía el establecimiento de dos Estados, uno judío
y otro palestino— ha resultado inmanejable. La rabia árabe nunca se sació con
la percepción de que Europa estaba tratando de espiar los crímenes nazis en
Palestina. Y nunca cedió la determinación de los judíos por aferrarse a una
franja de tierra entregada a ellos por un mundo culpable de siglos de
persecuciones. Es difícil ser optimista a la luz de un enfrentamiento tan
inflexible.
Empero, dos lecciones del mundo actual son las siguientes:
las cosas no son precisamente como parecen (en Italia y otras partes) y el
cambio puede ser súbito. El abrupto surgimiento del nuevo orgullo árabe es
importante, pues cambia el punto focal. Los árabes, que son agentes de su
propia vida, ya no son árabes que deban buscar en un enemigo la explicación de
sus desgracias. La humillación provoca
más guerras: lo hizo en Europa cuando el Tratado de Versalles de 1919 castigó a
Alemania. Solo cuando Europa empezó a integrarse se acabaron las guerras en ese
continente.
Las dificultades de Europa han provocado más de una burla
facilona, pero su modelo es toda una inspiración y puede ser útil en el nuevo mundo
árabe. Al igual que en la zona del euro, como en la totalidad de un mundo que
se está globalizando, la integración será inevitable en el mundo árabe. La
única pregunta que surge es ¿qué precio adicional habrá de pagarse en sangre y
tesoros antes de que se logre?