Siguenos en Twitter
Siguenos en Facebook
US$ (Referencia)
€ 0.7815  
Dow Jones
0.00%
Nasdaq 2847.21
.00 0.00%
S&P 1315.99
 20.77 1.60%
Petróleo(NY) 98.46
 1.93 -1.92%
Especial NYT: ¿Qué tan mal están las cosas realmente? PDF Imprimir E-mail
Lunes, 09 de Enero de 2012 13:16

Se agoniza en Eurolandia, hay angustia en Estados Unidos, incertidumbre en Asia y rabia en la calle árabe. Se ha agotado la confianza en la parte del planeta que estaba acostumbrada a manejar al mundo.


Por Roger Cohen

Columnista de International Herald Tribune y

The New York Times

 

Recientemente pasé unas semanas en uno de los casos perdidos de Eurolandia: un país meridional bañado por el sol, cuyas deudas exceden su producción y cuyos bonos nadie quiere. La nación estaba manejada por un extravagante galán que se las arreglaba para gobernar entre un devaneo y otro. Descubrí que es un país que tiene la crisis incorporada en cada faceta de la vida diaria: la elegante muchedumbre que se pasea al atardecer en las calles abarrotadas de autos nuevos, las ropas con etiqueta de diseñador, las tiendas seductoras. La gente parecía afligida al tener que cambiar sus planes vacacionales de Estambul a los Alpes.

El dirigente multimillonario, de rostro estirado mediante cirugía plástica, parecía estar reprimiendo una gran carcajada ante la agonía de Eurolandia. Se esforzaba por parecer serio. Las familias reían, los amantes paseaban lentamente, los almuerzos de una deliciosa abundancia se prolongaban hasta la perezosa tarde. La desolación era abrumadora. Me retiré deprimido, convencido de que Italia estaba al borde de un espantoso destino. Parecía muy probable que Italia siguiera siendo Italia.

Lo que tiene un mundo interconectado de 7000 millones de personas, de las cuales una pequeña fracción es italiana, es que la elaboración de políticas cada vez parece más un ejercicio de flagelación con el que se trata de ponerse al corriente con las fuerzas desatadas por su creatividad y, al mismo tiempo, controlarlas.

He escuchado cálculos de que hasta la tercera parte de la actividad económica mundial actual no se registra en las estadísticas oficiales. Ciertamente, los tenderos italianos siguen desdeñando sus cajas registradoras, instaladas a instancias del fisco, y prefieren garabatear sus recibos en trozos de papel... o no expedirlos del todo. Aun tomando en cuenta la riqueza acumulada de Europa y su efecto amortiguador en los tiempos de vacas flacas, la brecha entre lo que se habla de la crisisemocional. y las pocas evidencias físicas de ella es enorme.

Estos no son los años 30. Italia es un país rico y sobrevivió a la incompetencia de Silvio Berlusconi, tanto como a Bélgica le va muy bien con su prolongada imposibilidad de formar ningún tipo de gobierno. Ahora que el mundo cruzó el hito de los 7000 millones de habitantes, en el planeta hay más gente obesa que hambrienta, y muchos de esos obesos son pobres.

Las generaciones pasadas ni soñaban con tales problemas. En los últimos 10 años se sacó de la pobreza a un enorme número de personas. El crecimiento demográfico se está frenando. Las peores predicciones de hambruna, pestilencia y atmósfera envenenada han resultado exageradas. China, India y Brasil no son los únicos países que sienten que la marea de la historia está cambiando a su favor.

¿Qué tan mal están las cosas, realmente? Eso depende de dónde estemos sentados. El mundo se siente particularmente imprevisible porque lo que se presenta como una crisis financiera en Fráncfort y Nueva York es, en un nivel más profundo, una crisis de transición. Se ha agotado la confianza en la parte del planeta que estaba acostumbrada a manejar al mundo, mientras que las potencias incipientes, antioccidentales en diversos grados pero aún sin saber qué principios adoptar, todavía no están preparadas para hacerse cargo. En el siglo pasado, la transferencia del poder del Reino Unido a Estados Unidos tuvo la suave cualidad de una transacción entre primos. Estados Unidos y China están unidos por la cadera y han aprendido a hacer negocios, pero siguen siendo rivales culturales.

 “Estamos acostumbrados a que lleve las riendas un pequeño grupo de democracias, de mentalidad similar, pero estas democracias cada vez tienen menos influencia en lapolítica mundial”, advirtió Charles Kupchan, profesor de relaciones internacionales en la Universidad Georgetown, Washington. “Nos estamos dirigiendo hacia un mundo de nadie, un mundo de modernidades múltiples, interdependiente y globalizado, sin un modelo o centro político dominantes”, añadió.

No es de extrañar que una hosca rabia habite en gran parte de Occidente (exceptuando al prudente Canadá). A los habitantes de Eurolandia (los 17 países que tienen al euro como divisa común) les está saliendo el tiro por la culata. El presidente francés, Nicolas Sarkozy, ahora dice que fue un “error” haber admitido a Grecia en la zona del euro. Los franceses debían saberlo. La moneda común fue su idea en gran medida. Era una forma de atar a Alemania a Europa. Y, ¿qué mejor para Europa que coronar esta declaración política con el ingreso de la cuna de su civilización, Grecia, en la hermandad de la moneda común?

En ese tiempo, la Acrópolis se veía mucho más grande que el hinchado sector público o la imprecisa ética laboral de Grecia. Se desdeñó el riesgo. ¡Claro que Grecia podía engancharse al mismo vagón económico que Alemania! ¡Por supuesto que no hay riesgo alguno en enterrar créditos tóxicos debajo de títulos hipotecarios! La capacidad humana para pasar por alto los hechos y creer que los cerdos tienen alas es insondable.

¿Qué es ese sonido de silbido? Es la marejada de empleos que desaparecen para nunca jamás regresar. ¿Qué es lo que no duerme de noche? Las montañas de deuda acumulada en los últimos 10 años. ¿Qué es ese estruendo en las calles? Las legiones del movimiento Ocupemos, enardecidas por la impunidad de los poderosos. ¿Qué es ese ruido de grietas? Es la agonía de la zona del euro, atrapada a medio camino entre la federación y las naciones.

La gran irritación actual es por la integración: cómo hacer avanzar la cooperación cuando aquellos que están a la mesa tienen opiniones disparatadas sobre la gobernación. Eso es patente en el ámbito del euro y es verdad, aunque menos obvio, en el seno del grupo de los Veinte.

Sí, se necesita más integración, pero cuando la gente se enoja se vuelve tribal. El imperativo objetivo se topa con la resistencia emocional, ya sea en la forma del Tea Party o en el derechista neerlandés Geert Wilders.

Nadie sabe todavía cómo manejar un mundo globalizado ni cómo hacerlo más estable. Esa es la cuestión de nuestros tiempos, cuestión a la que China, India, Brasil y otras potencias emergentes tendrán que hacer aportes mucho más sustantivos de lo que hasta ahora han hecho. Estados Unidos, dividido desde adentro, no podrá imponer su voluntad por mucho tiempo más, pero la Pax Americana sigue aportando los arquitrabes del mundo. China está dispuesta a aceptar eso por ahora, a nombre de la estabilidad necesaria para su pleno desarrollo para el año 2050. Hay sed de un nuevo orden pero no hay disposición para adoptar ninguno, lo cual se traduce en inquietud.

Los manifestantes en Nueva York y Madrid saben a lo que se oponen pero no tienen claro en favor de qué están. Derrocar al capitalismo suena muy siglo XX, o incluso XIX. Reformar al capitalismo, compensar sus aspectos más ásperos, tambiénes una idea vieja. Se ha tratado enla forma del estado asistencial y esos sistemas están bajo fuertes presiones ahora que la gente vive más años. No, el verdadero interés del movimiento. Ocupemos, aunque esté mal articulado, es reformar la globalización, en particular la forma en que la globalización favorece a los ricos. Desde hace años se han manejado algunas ideas —como el impuesto Tobin sobre las transacciones financieras internacionales— pero aplicarlas es prácticamente imposible. A veces parece que lo que queda es la euforia de estar juntos. Con la sociedad moderna e Internet viene la dispersión de la gente en universos solipsistas dominados por pantallas. El movimiento Ocupemos es también una reacción a eso: el despertar a la posibilidad de que la coalescencia provoca el cambio.

Del mundo árabe llegó una inspiraciónpara el movimiento, pero con una importante diferencia. Los ocupantes de la plaza Tahrir, de las calles de Bengasi y de las avenidas de Túnez sabían lo que querían: una sociedad más representativa. Ya se ha demostrado que el camino hacia ese Hay sed de un nuevo orden perobjetivo es disparejo. Se ha entablado un gran debate sobre la reconciliación de la fe islámica y la modernidad. Pero la dirección ya está dada. La confianza que se drenó de Occidente no solamente se fue en dirección de los países del BRIC. Los árabes se quedaron con una parte.

 La humillación es una fuerza poderosa que por mucho tiempo socavó al mundo árabe. Los refugiados palestinos se amontonan en campamentos eternos; las guerras repetidas solo sirvieron para agudizar la dominación del Estado judío. Una frase despectiva —”la calle árabe”— llegó a referirse a un populacho indignado, hasta que se pusieron los fundamentos de un nuevo orgullo, en esas mismas calles, en el 2011. No se trata de un orgullo basado en la resistencia a Israel —un Nasser, un Hassan Nasrallah— sino uno forjado en una empresa compartida y transformativa. En cierto sentido, a través de su primavera, los árabes dijeron basta a su coartada israelí.

Después del establecimiento de Israel, David Ben Gurion era pesimista sobre las posibilidades de paz. “¿Por qué los árabes habrían de hacer la paz?”, se preguntaba. “Si yo fuera un dirigente árabe, jamás llegaría a un acuerdo con Israel. Eso es natural; les hemos quitado su país. Claro, Dios nos lo prometió a nosotros pero, ¿eso qué les importa a ellos? Nuestro Dios no es el suyo. Nosotros venimos de Israel, es cierto, pero eso fue hace 2000 años. ¿Qué significa eso para ellos? Ha habido antisemitismo, los nazis, Hitler, Auschwitz, pero ¿fue eso su culpa? Ellos ven una sola cosa: nosotros llegamos aquí y les robamos el país”, complementaba.

Esa pesimista evaluación ha sido precisa desde hace más de 60 años. La voluntad de la Naciones Unidas, expresada en la resolución 181 del 29 de noviembre de 1947 —que preveía el establecimiento de dos Estados, uno judío y otro palestino— ha resultado inmanejable. La rabia árabe nunca se sació con la percepción de que Europa estaba tratando de espiar los crímenes nazis en Palestina. Y nunca cedió la determinación de los judíos por aferrarse a una franja de tierra entregada a ellos por un mundo culpable de siglos de persecuciones. Es difícil ser optimista a la luz de un enfrentamiento tan inflexible.

Empero, dos lecciones del mundo actual son las siguientes: las cosas no son precisamente como parecen (en Italia y otras partes) y el cambio puede ser súbito. El abrupto surgimiento del nuevo orgullo árabe es importante, pues cambia el punto focal. Los árabes, que son agentes de su propia vida, ya no son árabes que deban buscar en un enemigo la explicación de sus desgracias.  La humillación provoca más guerras: lo hizo en Europa cuando el Tratado de Versalles de 1919 castigó a Alemania. Solo cuando Europa empezó a integrarse se acabaron las guerras en ese continente.

Las dificultades de Europa han provocado más de una burla facilona, pero su modelo es toda una inspiración y puede ser útil en el nuevo mundo árabe. Al igual que en la zona del euro, como en la totalidad de un mundo que se está globalizando, la integración será inevitable en el mundo árabe. La única pregunta que surge es ¿qué precio adicional habrá de pagarse en sangre y tesoros antes de que se logre?

Distribuido por The New York Times Syndicate


Notas relacionadas:

Por siempre joven

El blues de Obama

¿Qué sigue para las princesas?

"No van a derrotar la pobreza vendiendo café"

"Hay que repensar la relación empresas y sociedad"

Cuando la historia se escribió en arena

 
   

Advertising AgeAVANTConstruirDomusGreen & Blue Life
InsideIT NOWDinámicaMercados & TendenciasProductor Agropecuario