La crisis que estremeció al mundo en el 2008 resucitó gracias a la deuda de EE. UU. y Europa. Esta vez la región no está tan preparada para enfrentarla.
Editora: Thelma López
Las bolsas confirmaron los temores, después de que la agencia calificadora
Standard & Poor’s castigó la deuda de largo plazo de EE. UU., rebajando su calificación desde “AAA” a “AA+“, los mercados financieros vivieron un día de pérdidas generalizadas.
El día empezó con las bolsas de Asia a la baja, el selectivo Nikkei de la bolsa de Tokio cayó un 2,18%, mientras que los mercados de Hong Kong, Seúl y Shanghái registraron pérdidas del 2,17, 3,82 y 3,79% respectivamente.
En Europa, el FTSE 100 de Londres perdía más de un 4% y el CAC 40 de París un 3,6%. Mientras que el Dax de Fráncfort caía hasta un 4,35%.
Algo mejor fue la jornada en los mercados español e italiano, que aunque recibieron la iniciativa del Banco Central Europeo de comprar deuda soberana de esos países, después se sumaron a la tendencia de descensos, con retrocesos de algo más del 1%.
Ante la salida de EE. UU. del prestigioso club de países cuya deuda ostenta la máxima nota en todas las agencias de calificación, muchos temían que se repitiera una situación similar a la vivida tras la caída del banco estadounidense Lehman Brothers hace 3 años y que desató la crisis económica mundial más profunda desde 1929.
Y es que el tesoro en 10 años alcanzó niveles tan bajos como en el 2008, cerrando en 2,31%, una caída que reflejó un mercado sumamente nervioso, preocupado por el alto endeudamiento de las economías de los países desarrollados que ya no tienen otro camino más que recortar violentamente sus gastos, perjudicando así el raquítico crecimiento logrado en los últimos 2 años.
Así, las predicciones del jefe de la agencia Standard & Poor’s, David Beers, de que no habría “demasiado impacto” en los mercados por el deterioro en la calificación estadounidense no se cumplieron.
En su lugar, inició una pérdida de confianza en la débil recuperación mundial y aparecieron temores de una nueva crisis económica, estimulada por Europa y sus inestables niveles de deuda soberana, así como los indicadores de desempleo en EE. UU. que dejan 9 millones de ciudadanos que han dejado de consumir.
“La noticia de la baja en calificación tambaleó a los mercados, generó especulación y las economías analizaron sus situaciones y vieron un panorama similar al del 2008, que enfrentan una posible recesión y por lo tanto las expectativas no son favorables”, dijo Roxana Morales, académica de la Escuela de Economía de la Universidad Nacional de Costa Rica (UNA).
¿Cómo llegamos hasta acá?
En el 2008, Nouriel Roubini ganó notoriedad por sus acertadas predicciones sobre la recesión global detonada por la crisis de las hipotecas subprime. Sus proyecciones fueron consideradas pesimistas, pero demostraron ser precisas conforme se desarrollaba la crisis financiera.
En esta ocasión, Roubini coloca las posibilidades de una nueva crisis en 50%, en contraste con entes internacionales como el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM), que estiman posibilidades reducidas de una recesión y atribuyen el estancamiento de la economía que se profundizó en los últimos meses —y que coincidió con la baja en la calificación de EE. UU.— a caídas naturales en el proceso de recuperación.
Lo cierto es que la economía mundial no se ha recuperado y más bien pa-rece repetir, en diferente medida, lo experimentado en el 2008 y el 2009, impactando al resto de los países del mundo. Los mismos FMI y BM, que desesperadamente apuntan hacia el optimismo, han aceptado que los indicadores económicos evidencian una importante desaceleración.
“Efectivamente, la referencia a una ‘W’ lo que significa es que podría producirse una recuperación relativamente rápida, pero que también podría presentarse una nueva recaída. Una situación similar se presentó después de la gran Depresión de 1929, la cual se prolongó por varios años más. Lo cierto es que la economía mundial se encuentra en una situación muy riesgosa, ya que a la par de la elevada deuda del sector privado, se ha incrementado la deuda pública y se han ido afectando la liquidez y solidez de los sistemas financieros. Conforme más se prolongue esta inestabilidad, más difícil será lograr un crecimiento sostenido”, dijo Norberto Zúñiga, economista costarricense.
Para América Central y el Caribe esto representa perspectivas negativas. Las economías de la región aún no se recuperan del bache experimentado hace 3 años, principalmente en el sector real. Por ejemplo, según Cepal, las exportaciones de textiles cayeron un 40% en Costa Rica, 36% en Guatemala, 22% en Nicaragua y 18% en Honduras y El Salvador, en esos años y aún no recuperan los niveles anteriores de crecimiento.
“Dado que Honduras depende de los mercados de los países desarrollados para sus exportaciones, al destinar sus productos en un 45% al mercado estadounidense, 20% al europeo y 25% al mercado regional, al contraerse estas economías sus efectos se sienten en el país y la región. En el caso de Honduras, los primeros sectores afectados son las exportaciones que repercuten en la reducción de empleos y por ende en la reducción del consumo local, el decrecimiento en el rubro turismo y el incremento del costo de los carburantes”, aseguró Guillermo Matamoros, presidente del Colegio de Economistas de Honduras (CHE).
Una crisis en el sector de exportación es previsible, sobre todo por constituir Centroamérica economías pequeñas y muy abiertas, razón por la cual resultan ser muy de-pendientes de los acontecimientos de las economías internacionales, en particular de Estados Unidos y en menor medida de Europa.
Una crisis en esos países se reflejará en bajas en las compras de bienes y servicios, disminución de la inversión extranjera directa, menos visitas de extranjeros y menores transferencias de emigrantes que trabajan en esos países. Al final, los ingresos provenientes de todas esas fuentes disminuirán y reducirán el poder de compra y las inversiones, lo cual afectará las fuentes de empleo, los salarios y los ingresos tributarios.
El impacto de esos efectos estará directamente relacionado con la magnitud de la desaceleración y la capacidad interna para enfrentarla, la cual parece bastante limitada.
“Para la economía centroamericana, mi consideración es que se aproxima una desaceleración de sus economías, que pudiera afectar su crecimiento en 1 a 1,5%, sobre todo por su dependencia de las remesas de los Estados Unidos y su comercio con este país norteamericano”, expresó Arístides Hernández, presidente de Lating Consulting Co., Panamá.
La recuperación que no llega
Aunque los expertos apuntan a que esta coyuntura no es una nueva crisis, sino la continuación de la desatada por el sector inmobiliario estadounidense, las diferencias entre el 2008 y el 2011 son latentes. Cuando EE. UU. sufrió las consecuencias de fenómeno de hipotecas subprime, el mundo venía de una etapa de bonanza económica, que en el caso de la región, significaba buenas tasas de crecimiento interanual, un consumo internacional hambriento por los productos centroamericanos y niveles de deuda pública saludables, lo que les permitió a los gobiernos incrementar el gasto público durante la etapa más dura de la crisis.
Pero esto tuvo consecuencias, sobre todo un alto déficit fiscal que se repite en casi todas las naciones de la región y que deja vulnerables a los estados ante una recaída mundial.
“Me parece que estamos menos preparados que hace 3 años. Por el lado fiscal se ha reducido en mucho el margen de maniobra luego de 3 años consecutivos de déficit en el orden del 5% del PIB en Costa Rica”, indicó Alberto Franco, economista de la consultora Ecoanálisis.
Si bien los países de la región han avanzado en aspectos como estabilidad y solvencia del sistema financiero, diversificación de la actividad económica y las exportaciones, menores niveles de deuda pública, especial-mente externa, control de la inflación, elementos que podrían ayudar a sobrellevar temporalmente la caída, hay otros aspectos en los cuales el país ha reducido sus grados de maniobra, como por ejemplo, el elevado déficit fiscal, así como la pérdida de competitividad, que a excepción de Panamá, es una tendencia que los países mantienen en el último quinquenio.
Aspectos como la infraestructura, la seguridad jurídica, corrupción e inseguridad ciudadana afectan la habilidad de la región de atraer nuevas in-versiones. Además, la falta de trabajo en los sectores más sensibles y tradicionales de la economía hace prever que son estos quienes sufrirán, nuevamente, los efectos más devastadores del estancamiento de la economía.
Por su parte, Raf Flores, subcoordinador del Foro Social de Deuda Externa y Desarrollo de Honduras (Fosdeh), expresó: “El país no está preparado, no hay un plan que se esté ejecutando o una estrategia integral e integrada. Aunque el gobierno habla de un plan anticrisis, que es vital para sostener la economía del país, este va desfasado”.
En un panorama donde los países desarrollados experimentan poco crecimiento y mucha deuda pública, y los países emergentes tienen altas tasas de crecimiento y han manejado mejor su deuda —Latinoamérica tiene un porcentaje de deuda en relación con el PIB de 35%, comparado con EE. UU., cuya deuda alcanza el 90%— la generación de políticas de diversificación de destinos comerciales y la inversión pública son una opción para el istmo.
Comentarios (0)
Escribir comentario
Tienes que estar logueado para escribir un comentario. Puedes registrate si no tienes ya una cuenta creada.