La crisis política que afectó a Honduras a mediados del año pasado provocó una enorme brecha en la coraza de credibilidad que protegía a la Organización de Estados Unidos (OEA), y las dudas sobre los beneficios reales de su presencia como entidad regional crecieron en la medida que ambos sectores involucrados en el problema, tanto nacional como internacionalmente, catalogaron como inoperantes sus intentos de darle solución.
La propuesta de un grupo de países de Sudamérica de unir al Grupo de Río con el Sistema de Integración Centroamericano (SICA), y el Caricom (Comunidad de naciones caribeñas), pretende darle “cristiana sepultura” a esta entidad ya que crearía una paralela, sin la presencia de Estados Unidos y Canadá, lo cual añade un nuevo y picante ingrediente en la lucha derecha-izquierda en que se debate toda Latinoamérica.
No cabe duda que la crisis hondureña puso en jaque a la Carta Democrática de la OEA. Analistas internacionales ya exigen una revisión y una quinta reforma luego de su aprobación en 1948, que le permita a esta entidad tener mayores poderes para evitar que, como se pretendió en Honduras, y como ha sucedido en otras nacionales del continente, se pueda atentar contra un Estado de Derecho utilizando las libertades que este mismo sistema de gobierno le asegura a sus autoridades.
No obstante, las censuras contra la OEA no sólo provienen de las naciones consideradas de derecha, Colombia, Perú y Panamá, entre otros, sino también de las que son gobernadas por los defensores del “socialismo del Siglo XXI”, como Bolivia, Perú o Ecuador, principales impulsores de una nueva oferta supranacional con mayores atribuciones, pero sobre todo, sin la presencia de Estados Unidos y Canadá.
La elección del nuevo secretario general de la OEA, donde se prevé la ratificación de José Miguel Insulza ante la falta de contrincante, asunto antes de vital importancia en el ámbito diplomático del continente, ha quedado relegado a un segundo plano ante la posibilidad de que la ya dudosa practicidad de esta entidad quede reducida a un mero adorno continental, ante la posibilidad de contar con una competencia más nueva, más remozada y mejor “vestida,” en otra clásica historia de la “vaca vieja” y la “vaca nueva”.









