La asunción el próximo mes de Laura Chinchilla a la presidencia de Costa Rica, primera mujer que lo hará en la historia de ese país, resulta una novedad en el contexto centroamericano, cuyo escenario geopolítico está marcado por una tradición autoritaria de poder, generalmente calzada con botas y esgrimiendo el filo del sable como mejor respuesta a los anhelos de justicia de los pueblos.
Precisamente, Costa Rica es el país que mejor se supo diferenciar de esta tónica que reviste el devenir histórico de los Estados del Istmo.
Si bien este hecho que registrará a partir del 8 de mayo la historia de Costa Rica, no es nuevo en la experiencia centroamericana, pues hubo recientes episodios en Nicaragua y Panamá, su significado sí resulta más emblemático para la historia común, quizá por la nube de globalización y conectividad que la era actual ofrece a los países, más cuando éstos son vecinos.
Chichilla tiene hoy la oportunidad de “transmitir” a ellos la capacidad que puede llegar a tener un mando, sin un sable empuñado, de dirigir a buen puerto la confianza y el esfuerzo de un pueblo. Desde allí, desde la mejor trinchera que puede tener: su propia conciencia y el honor como mujer de principios, ella puede sembrar una bandera de cambios en una región.
Eso hace falta en Centroamérica, donde hasta los líderes más inspirados y de ojos más limpios, terminan por bajar su enturbiada mirada y convertirse en cómplices de un inicuo sistema en el que se impone la voracidad, la avaricia, el ilimitado abuso de poder, la mentira y el engaño.
Las democracias centroamericanas crecen con falencias claras a causa de liderazgos débiles y dóciles a las tentaciones que se les presentan con frecuencia. De ahí que no pocos estudios y pensadores se expresen intrigados y hasta indignados por la frustración de los ciudadanos y a su añoranza por regímenes con sello de haber sido implacables con los delincuentes y criminales. Aquellos capaces de imponer el orden, a veces incluso a base de terror.
Pero ya la historia se encargó de desterrar esa corriente. El tiempo es nuevo. Ya no se trata de enseñar el brillo del sable como forma de imponer el mando y exigir conductas. La historia nueva dice que una mujer, Chinchilla, puede demostrar que la bandera del cambio puede sembrarse con nuevas armas: la conciencia, el honor y los principios, por un pueblo, por un país y, claro, por una región.







