La jueza dictó su veredicto. Por fin, la memoria de miles de víctimas, aquellas cuya muerte de espanto resultaba un jocoso acto de mérito para sus asesinos uniformados, era dignificada.
La muerte injusta y cruel de los niños indígenas al lado de sus madres, cuyas lágrimas se extinguieron junto al último aliento de sus amores y razón de vida, fue comprendida y exaltada. La justicia, al final de un largo camino, cumplió con señalar a los -aún- presuntos responsables y dar testimonio de muerte, para la vida.
Esta vez fue más sonoro y triunfal el grito desgarrador de los inocentes, que la risa y burla de sus asesinos.
Por los campos y los cuarteles, desde donde se apuntó cobardemente a niños y mujeres, ahora se asomó la vergüenza.
La vergüenza es lo único que queda por provocar en la mente de quienes en un momento de la trágica historia de nuestro pueblo se sintieron con razón y derecho para mofarse de los humildes e indefensos ante su inimaginable escena de muerte.
No hace falta, general, que tenga que humillarse para pedir perdón. La humillación ya la tuvo sin pronunciar palabra, según fue su deseo. Estuvo en el banquillo de los acusados, frente a la mirada acusadora de la jueza y la presencia de lentes que, así, captando su mirada inquieta y perversa y hasta el más irrelevante movimiento de sus dedos, enmendaba su ausencia en el campo, durante las campañas asesinas que se emprendían en tiempo de su mandato irresponsable (años más tarde también demostraría su actitud incapaz e irresponsable, cuando de nuevo ignoró los actos dolosos de sus hombres que se dieron a la tarea de saquear al Estado).
Usted. no debe saber pedir perdón, y Guatemala no se lo pide. Ya no es necesario. Usted puede seguir viviendo los días que Dios decida. La Guatemala que lloró a sus víctimas y que esperaba un acto de justicia, ya se puede sentir restaurada en su moral y en su esperanza, con su vergüenza.
Viva usted general... No hace falta tampoco que sigan apareciendo en los diarios, escritos y opiniones que, quizá compasivamente, intentan deslindar los hechos trágicos -en los que no se centran- de su poder y mando. Ya no vale la pena, porque usted. seguirá viviendo acorralado entre las paredes de la vergüenza. La Guatemala que ha llorado a sus víctimas lo sabe.
Si se repiten en su mente algunos de los hechos cuya responsabilidad le atribuyó la jueza y que describió casi con horror pero con voz firme y acusadora, tampoco importa demasiado. Sólo usted sabe si, en su soledad, los ojos de ternura de los niños que gritaron de dolor durante la muerte están presentes, y si ésta se mezcla con la risa de los soldados al regresar a sus cuarteles y rendir parte a los oficiales bajo su mando.
Ya no importa tanto, general... porque el grito desolador de la muerte ya está pasando y en las aldeas la vida sigue naciendo. Con hambre, pero sigue naciendo. Usted, guarde su vergüenza y silencio, y siga viviendo... mientras Dios, el otro juez, se lo conceda.







