De nuevo la naturaleza cobró la factura a los más pobres de Guatemala. Así se difundió al mundo la reflexión con la que el presidente guatemalteco Álvaro Colom reaccionó al acudir al lugar donde, tras intensas lluvias, un cerró cayó y sepultó a más de 25 humildes pobladores que habían decidido no quedarse con los brazos cruzados tras un primer derrumbe que había dejado cinco muertos en el lugar.
En estos días hubo mucha tragedia en Guatemala. Los bomberos describieron cómo los cerros lloraban a causa de la humedad acumulada y a través de las grietas que se formaban. El llanto también provino de los tristes ojos de cientos de hombres, mujeres y niños del campo que unieron su pensamiento y dolor en memoria de las víctimas de la naturaleza.
No sólo la naturaleza se ensaña con los más pobres de Guatemala, un país con una historia cargada de dolor e injusticias. Lo más triste es que esta historia no cesa. Ya han transcurrido más de 24 años desde que el retorno a la democracia trajo una luz de esperanza para los más pobres. Todos ellos abrigaron sueños por un mejor futuro. La realidad es que esa luz se ha extinguido. Uno tras otro, los gobiernos, llamados democráticos, han estado más atentos a sus propios intereses políticos y económicos que a las necesidades de bienestar y desarrollo de la población.
Las obras quedaron convertidas en listados de prioridades, pero en función de compromisos partidarios y bajo condiciones de beneficio para las partes. La factura, enseña la dolorosa experiencia, no la cobra tanto la naturaleza, sino los arreglos.
De ahí que, nos muestra el estudio Gobernabilidad y Convivencia Democrática en América Latina, elaborado por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), Guatemala, no sólo es un país donde el ciudadano desconfía de las instituciones y de su liderazgo democrático, sino es uno de los que, en América Latina, ya hasta la confianza entre vecinos se ha deteriorado.
No es exageración, ni invento. El estudio de FLACSO lo confirma. A eso nos conducen los políticos de la actual era, llamada democrática.
Por eso, la muerte de estos guatemaltecos que decidieron no quedarse de brazos cruzados ante la tragedia, sin saber que serían más tarde víctimas de ella, es una lección de vida. El llanto de las comunidades frente a sus féretros, también lo es. Demuestra, que allá, en los cerros, por donde los niños ríen, con cara sucia y mirada inocente, hay valor, dignidad y entrega por los hermanos. Hay confianza y unidad inspirada en el cielo, pero también en otras lecciones de vida que dejaron los antepasados, tan buenos e inocentes como los niños. No todo está perdido en Guatemala. Yo confío en la gente de los cerros porque son quienes me enseñan, con su sonrisa inocente dentro de sus féretros, bellas lecciones de vida.







