Una de las peticiones constantes del sector privado centroamericano es que el estado cierre portillos en la evasión fiscal antes de crear nuevos impuestos y mucho menos, hablar de una reforma fiscal.
Pero
para nuestros países es un reto no cumplido disminuir la evasión tributaria que
incluso llega a alcanzar cifras de dos dígitos. La evasión fiscal tanto de
empresas como de particulares en Guatemala y El Salvador se elevó a US $ 1 692,9
millones y US $546,2 millones, respectivamente, en 2006, según un estudio
publicado en el primer trimestre de 2010, realizado por el Instituto
Centroamericano de Estudios Fiscales (INCEP).
Según
el estudio, centrado únicamente en estos dos países de la región, las tasas de
evasión del Impuesto sobre la Renta (ISR) se elevaron al 45,3% en El Salvador y
al 63,7% en Guatemala, en 2006.
La
modernización de los sistemas tributarios tienen una urgente necesidad de
modernización que empieza por el fortalecimiento de la administración
tributaria, la eliminación de barreras a la información bancaria, la simplicación
del sistema tributario y la aplicación rigurosa de sanciones a los
delincuentes.
Otro
tema poco visualizado es la modernización del sistema aduanero centroamericano
que juega un papel importante en la regulación del comercio de bienes. El
contrabando es una realidad que se vive en nuestras fronteras y de la cual
pocos hablan. El despliegue policial es insuficiente y los equipos de nuestras
aduanas son francamente vergonzosos, basta con visitar cualquiera de las
fronteras para percatarse de ello.
En
El Salvador, el Gobierno alista las bases de licitación para la compra de equipo
por un monto de US$ 20 millones que consiste en escaners para instalar en
aduanas terrestres, aéreas y portuarias.
¿Será
esto suficiente? ¿Dónde están los programas más fuertes, los que fustigan a los
evasores? Si ese 45% pudiera eliminarse o incluso disminuirse a un dígito, quizás
el problema fiscal no sería tan severo –no soy ingenua, el déficit existiría
aunque recaudáramos el 100% de lo que se debe, pero quizás las arcas del
gobierno no sufrirían tanto- y los empresarios no tendrían mayor excusa para
permitir una reforma que haga más eficientes nuestros sistemas y sobre todo,
más igualitarios.







